La sonrisa del Pulga Rodríguez ilumina a Colón

En el avión, en el penal, en el entrenamiento: la figura del sabalero le da calma a su equipo. La historia del pibe que la peleó siempre.

Podría ser un misterio por qué siempre aparece sonriendo. En el penal contra Atlético Mineiro, en el entrenamiento en el estadio de Olimpia bajo la lluvia, en la puerta del Sheraton de Asunción donde sale a firmar una remera. Su sonrisa más linda fue sobre la pista de aterrizaje, antes de llegar hasta acá, abrazando desde atrás a su hijito Bautista y mirando el charter con el que los jugadores de Colón viajaron desde Santa Fe hasta Paraguay. Tremendo antídoto a los miles de sabaleros que se andan morfando cutículas y uñas. Luis Miguel Rodríguez, a los 34 años, parece en todo momento un ángel para la felicidad.

El Pulga juega como sonríe: hay una jugada en la ida contra Atlético Mineiro en que la pelota rota de pies de izquierda a derecha y él, de la nada, decide patear de tres dedos, quizás centro o tiro al arco. Como si no anduviera en el sufrimiento. Son esos destellos de genio que Pablo Lavallén ya le había visto cuando lo dirigió en Atlético Tucumán. Son los mismos que a los 14 años lo llevaron a vivir a la pensión del Inter, compartiendo hasta un entrenamiento con Ronaldo y Roberto Baggio. El arte que lo hizo goleador del Nacional B y que le dio la chance de ponerse la camiseta de la Selección con Maradona como entrenador.

Trota sobre el césped mojado del predio de Olimpia. Lleva tatuado en los gemelos el nombre de sus hijos. Usa los pantaloncitos bien arriba y las medias bien bajas. En Colón, espera adelantado, pero cuando la pelota no llega se tira de enganche. El equipo aprendió a moverse a su ritmo: Zuqui se abre cuando él retrocede, Morelo pica en punta, Aliendro despega hacia donde hay espacio y Estigarribia se acerca a jugar. Podría estar tenso: sobre el final de su carrera, él también, como Colón, se juega la chance de ganar un título grande por primera vez. Un compañero lo dice atónito: “Anda tranquilo, como si no supiera que quizás si no sale campeón ahora no va a salir más”.

El Pulga es el dios al que le reza Colón. El 4-4-2 que plantea el sabalero necesita de los movimientos de los delanteros para destartalar al rival. En los entretiempos de la semifinal, en el momento en que el miedo escénico apareció frente a la novedad de saberse posibles campeones, Lavallén confesó que le pidió a los jugadores que fueran ellos mismos. Los segundos tiempos exhibieron un Ser en sentido platónico. Es complicado saberse muy cerca de ser la leyenda que terminó con los 114 sin títulos. Para esos momentos, inventaron a los ángeles para la felicidad y a la bendita sonrisa para ahogar el insomnio.      

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