La frontera de la locura: historias de Colón en la ruta

Más de 5 mil autos hacen 24 kilómetros de fila. Santa Fe se traslada a Asunción. Un homenaje al amor futbolero.

 

Un pibe de gorro piluso y flecos no duerme hace dos días por la ansiedad y golpea la cabeza contra la ventana como si fuera un reloj a cuerda. Un bebé de un año y medio está en pañales a upa de su papá y juega a mover el volante mientras la marea espera que la aduana habilite el paso. Un pelado con unos kilos de más baja del auto en medias y ojotas y se queja porque sus compañeros no agitan. Un adolescente llamó a su peluquero el día anterior y le pidió que le graffiteara en el pelo la palabra Colón. La fila en la frontera entre Clorinda y Falcón es de 24 kilómetros, se esperan más de 5 mil autos, el ambiente es un horno de 37 grados y los 800 kilómetros que separan Santa Fe de Asunción son más largos que un viaje de Cristobal Colón, pero qué importa: si el partido fuera en el fin del mundo, este pueblo igual iría a jurar amor a los colores.  

Colón ruta

La tierra colorada se pega en el sudor, la fila no se mueve y el piso está tan caliente que salen ampollas. Los que salieron la noche anterior al mediodía todavía están en la aduana. Hay dos lugares más donde se puede pasar la frontera: otro es Pilcomayo, donde dos balsas cruzan los autos por encima del río. Un grupo de amigos se mandó a hacer una remera que los define como mutantes del sentimiento: “La raza inmortal”. Un taxista de 57 años cortó con la jornada de trabajo el miércoles a la tarde y empezó a manejar hasta acá con un mate, la radio y su soledad. En una motito, un papá y un nene confiesan que no van a ir a la cancha, que nacieron en Sunchales, que ahora viven en Guadalupe y que les alcanza con vivir lo que pasa en la frontera. De un auto sobresale una bandera que dice locura. Qué belleza de locura. Cada persona es una historia, cada relato es una confesión y cada palabra es una tesis sobre el amor en la vida. Porque, por más que la inversión en combustible sea de seis mil pesos en nafta, esta peregrinación es impagable.

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Circulan los sánguches de milanesas, hay mucho alfajor de maicena, la gaseosa sostiene la presión, el aire acondicionado se regula y en el movimiento a paso de hombre hay autos a los que se empujan para que el motor no recaliente. No hay alcohol, pero una banda de cinco autos jura que sea la hora que sea que lleguen a la cabaña que alquilaron van a comerse un asado y a tomar cerveza Un chofer de camión que traslada frutas asegura que podría parecerse a julio de 2015 cuando el Papa Francisco visitó Asunción. “Ni por asomo. Nunca en mi vida vi tanta gente acá”, responde un trabajador de la frontera.

Una abuela ricachona acompaña a sus dos hijas y a sus nietos a la travesía por pueblos con palmeras y casas de techo de chapa al aire. Un piloto se desconcentra, Gendarmería levanta la barrera para pasar y choca al de adelante: un gigante se baja de la camioneta, camina con cara de malo, anticipa el perdón y aclara “no pasa nada, pá, somos todos de Colón, vamo el negro, carajo”.  

Al lado del puesto de migraciones, un vendedor grita: “A 300 la bandera”. Una mamá y un grupo de amigos le suplican que sea más barato. Se niega y aclara: “A la vuelta, cuando seamos campeones, va a valer 1000”. La palabra luce como una estrella fugaz aunque sea mediodía y el sol explote. La leyenda dice que ahí hay que pedir un deseo. Sólo falta el título: el resto es un amor para siempre.

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