Las historias menos conocidas del Pulga Rodríguez, el hombre que hace soñar a Colón

A los 34 años, buscará ganar su primer título: la Sudamericana

Es el Pulga Rodríguez y no la Pulga Rordríguez. El artículo no está relacionado con el parásito sino con el apodo que heredó de su hermano. Tiene 34 años, es ídolo en Atlético Tucumán y ahora también en Colón. Aunque para ser justos, es un poco ídolo de todos los que aman el buen fútbol. Ese fútbol de pasión y garra, de magia y calidad.

El Pulga es ese jugador que llega siempre temprano a los entrenamientos, que charla con el utilero y le da consejos a los más jóvenes del plantel. Eso si, de historias de Instagram o de memes mejor no hablarle, porque las redes sociales no son lo suyo. Su facilidad con la pelota es proporcionalmente opuesta a su facilidad con la tecnología. A veces no contesta los mensajes de whatsapp y no tiene Twitter ni Facebook. Es de esos que disfruta las tardes en familia y tomar mates en su pueblo. Para tener la panza llena y el corazón contento no pide muchos lujos ni cocina de autor: que marche un guiso de arroz con pollo para él.

Dedicó la mayor parte de su vida a defender los colores de Atlético Tucumán, anotó más de 120 goles y quedó en la historia del club. Pero su recorrido también tiene una parte internacional poco conocida. A los 15 años estaba en una gira y la Selección de México lo convocó a jugar un amistoso contra Real Madrid. El problema fue que se topó con la negativa de su representante que no se lo permitió, ya que ese mismo día tenían que tomar el vuelo de regreso. Aun así, la suerte, el destino, Dios, cada uno elegirá a qué se lo adjudica, pero algo lo ayudó y el vuelo se canceló. Los tiempos daban a la perfección. Se probó y no sólo se lució goleando, sino que además los entrenadores le pidieron que se quedara. A pesar de su deseo e insistencia su representante no quiso y volvió a Racing de Córdoba. 

A partir de ese momento su desilusión empezó a crecer. Los manejos de los representantes no lo dejaban crecer y un día se cansó. El Pulga a los 18 años dejó el fútbol y se dedicó a ser albañil junto a su cuñado. Realizaba las tareas que fuesen necesarias para llevar algo de plata a su casa, se llenaba las manos de ampollas, pintaba o lijaba, pero nunca dejó de mirar hacia delante. Hay una frase de la película El secreto de sus ojos que dice: “Mi vida entera fue mirar para adelante. Atrás no es mi jurisdicción, me declaro incompetente”, y así vive el Pulga. Mirando para adelante. Al jugar mira el arco tal como lo hace al patear un penal. Esa misma mirada, sobria pero profunda, así es como mira para adelante. Tal como lo hacía mientras pintaba las paredes imaginándose que ya vendría algo mejor. Nunca se conformó. Ni con estar lejos de la cancha ni con un resultado adverso. 

Probablemente fue por eso que no quiso quedarse mirando el partido en su casa el jueves pasado ante Atlético Mineiro. Su papá había fallecido cuatro días atrás, pero él está tan acostumbrado a mirar para adelante que así actuó. Se ató los cordones, subió sus medias y corrió cada minuto buscando el gol. No importó terminar el primer tiempo 1 a 0 abajo ni que el sueño de la Copa Sudamericana pareciera alejarse. No renunció. Y gracias a su forma de vivir fue que a los 86 minutos sacudió la red, miro al cielo y agradeció. Hoy está en la gran final, la gran ocasión para ganar el primer título de su carrera. 

 

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