El pasillo que lesionó al Pulga y la tristeza de Luis Miguel Rodríguez

Al llegar, se dobló el tobillo. Erró el penal y le costó reponerse. Pone en duda su continuidad con Colón. Dejó una huella en Santa Fe.

El Pulga entra a la Nueva Olla mirando hacia arriba, pisa una canaleta, se le dobla un tobillo que ya lo tenía molesto y va directo a buscar a los kinesiólogos. Lavallén entra al vestuario, lo busca y lo encuentra tirado en una camilla retorciéndose de dolor. Maldicen contra lo mala que pueda ser la mala suerte. Sin saber, todavía, que seis horas después el 10 saldrá caminando doscientos metros solo, en la oscuridad del mismo pasillo donde se lastimó, con la frente clavada en el suelo y los dedos arrancándose los pelos.

Fue de los últimos en entrar a la entrada en calor y su aparición emocionó al público. En la práctica del día anterior, Aliendro se había lesionado entrenando penales. El Pulga va a maldecir su aura en el momento en que camine los dos pasos para hacer mal lo que toda su vida le había salido: patear penales. Sus hijos y su mujer lo miraban desde la tribuna. Bernardi lo ve desplomado en cuclillas y le dice al oído que siga para adelante. Pero no puede. Errar el descuento le mastica la sien al ídolo popular que conquistó Santa Fe, Tucumán y la admiración picaresca de los argentinos.

Le duele el alma. Duda de si seguirá jugando en Colón. No habla y chasquea con la boca. Mientras sus compañeros le hacen un pasillo para aplaudir a los compañeros, no puede levantar la cabeza. Como si su alma se hubiera escapado del cuerpo. Cuando estaba por arrancar el partido, se paró en la panza del círculo central y miró al cielo. No como un evangelista de brazos abiertos: simplemente con los mismos ojos con los que buscó a su padre para festejar el día en que eliminaron a Atlético Mineiro. Ahora, busca lo mismo. Y el peso de la tristeza es una tonelada que lo fija al suelo.

Llegó hace un año para conquistar a todos. Unas horas antes, atajaba abrazos. Una mujer le ponía sobre su consciencia una historia de un tipo muerto que hubiera deseado ver campeón a Colón. Erra el penal y empieza a fallar pases. Le cuesta descargar, ser preciso, imaginar el hueco que nadie ve. El Pulga queda estampado en las camisetas de muchos niños. Su apodo cae simpático al que sea. Ahora, camina sin nada de eso: se va siendo Luis Miguel Rodríguez, se pierde en un pasillo oscuro que lo traicionó. Ya volverá a ser el superhéroe, pero ahora, por un rato, es un hombre. Un hombre triste.

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